INTRODUCCIÒN
La violencia contra la mujer constituye una manifestación de relaciones de poder históricamente desiguales entre el hombre y la mujer, que han conducido a la dominación de la mujer y a la discriminación en su contra por parte del hombre e impedido el adelanto pleno de la mujer…
Lamentablemente , la violencia contra la mujer es un fenómeno presente a lo largo de los siglos en todos los países ,culturas, clases sociales y estratos económicos.
Durante siglos , la mujer ha sido considerada en la practica totalidad de las culturas como propiedad del marido ;y hasta hace muy pocos años, sociedades consideradas avanzadas aceptaban la utilización del castigo físico para corregir los comportamientos femeninos “erróneos”.
Así, la popularmente denominada ley del pulgar permitía a los hombres del Reino Unido castigar a sus mujeres con una vara siempre que esta no superase la anchura de su dedo pulgar. Y en España, hasta la reforma de 1975, el marido tenia potestad absoluta no sólo sobre los hijos, sino también sobre la esposa, pudiendo utilizar el derecho de “corrección” hacia ella que, además, necesitaba la autorización de su cónyuge para trabajar, obtener un pasaporte o abrir una cuenta bancaria.
Una situación de claro predominio del sexo masculino sobre el femenino que, trasladado al ámbito del hogar, ha dado lugar a que la resolución de conflictos pasase, en muchos casos, por la utilización de lo que ha venido en denominarse violencia domestica. Y que ha provocado que, ahora como antes, millones de mujeres de todo el mundo vivan en situación de riesgo en el lugar que debería representar para ellas la seguridad máxima :su propio hogar.
Ahora bien, ¿cual es la figura, las características propias del maltratador?
Atrás quedaron las teorías que intentaban asimilar su figura a la de un alcohólico o un enfermo de escaso nivel cultural. Los hechos han ido demostrando que, muy al contrario, la figura del hombre que maltrata se da en todos los niveles culturales y sociales, y que, salvo en casos aislados, su comportamiento no se debe a ningún trastorno mental. El intento de justificar los malos tratos apelando a los efectos del alcohol o a un ataque de celos no se sostiene en pie si se observa que el agresor suele manifestar un gran control, tanto durante la agresión como a la hora de elegir el momento de agredir.
Si es frecuente que dirijan preferentemente sus golpes a zonas del cuerpo que, como el cuero cabelludo o el tronco, no quedan a la vista, también lo es que las agresiones se produzcan cuando la mujer está embarazada, acaba de tener a un hijo, se ha quedado sin trabajo…, es decir, en períodos de su vida en los que se encuentra en situación de indefinición. El agresor no sólo maltrata sino que elige cuidadosamente el dónde y el cuándo.
Al leer en los periódicos o ver en la televisión informaciones referidas a casos de malos tratos, el primer pensamiento que surge en la cabeza de cualquier mujer es: “A mi no me pasaría esto;
Nunca permitiría que mi pareja me humillase así o me pusiese la mano encima”. una ingenua afirmación que nace tanto de la confianza en la propia fortaleza como del desconocimiento del proceso de los malos tratos.
Esto nos hace ser presa fácil para el maltratador, creencias que deberíamos conseguir erradicar de nuestro sistema, tarea dura y larga .
Una cuestión muy relevante es sí una mujer se convierte en victima de malos tratos, ¿puede escapar de ellos, y superados, una vez que se ha visto atrapada en dichas redes?
En general, los especialistas dicen tajantemente , si, salvo excepciones , en las que la gravedad de los daños psicológicos sufridos convierten esos casos en irrecuperables.
El primer paso para superar una situación de maltrato es conseguir, a través de las instancias policiales y judiciales que la mujer este a salvo, fuera del alcance de las amenazas y los golpes de su agresor.
Tras esta primera fase, aguda, intensa ,llega otra en la que es frecuente que la mujer maltratada, menos afectada ya por el miedo intenso que antes sentía, se vea sumida en una depresión que en algunos casos requiere tratamiento con psicofármacos. Superada la depresión, llega para los psicoterapeutas el momento de trabajar en la recomposición de la personalidad rota, en la recuperación de la autoestima de la mujer, y en el desarrollo de sus capacidades laborales.
Otro de los aspectos considerados mas delicados es el de la educación de los hijos .testigos y también en ocasiones victimas directas de los malos tratos, suelen ser además moneda de cambio que el agresor intenta utilizar para seguir teniendo acceso a su victima.
Y para cerrar esta introducción con respecto a las leyes, mi opinión es que el vigente código penal español podría ser suficiente para castigar debidamente a los maltratadores, pero para eso sería preciso que los jueces lo aplicasen con mayor rigor.
Maite es alta, rubia y hermosa. Educada en un ambiente acomodado de la sociedad madrileña, siempre creyó excluido de su mundo el tipo de sinsabores que luego le tocaría vivir.
A pesar de su juventud, se mueve y se expresa con el aplomo que proporciona el haber conocido la cara amarga de la vida, el haberse visto obligada a luchar con uñas y dientes por defender la propia dignidad, la propia vida. Frente al hombre al que quería. Ahora, ya separada legalmente de él y conseguida la custodia de sus hijas, afronta el futuro con optimismo.
Tengo veinticinco años y la sensación de haber pagado con creces mi cuota de sufrimiento, si es que venimos a este mundo con una por satisfacer. En ocasiones, los recuerdos que trato de mantener a raya me dan alcance y revivo entonces el infortunado día en que mi matrimonio, mis sueños, mi vida se vinieron abajo, como un castillo de naipes. Un día que había amanecido igual que los anteriores. Un día del que yo no esperaba ni mas ni menos que los días precedentes, pero que tampoco imaginaba como el preludio de una etapa de mi existencia que me hizo pensar que había conocido el infierno antes de dejar este mundo.
Todavía hoy, a veces, y a pesar de que el olvido me reconforta más que los recuerdos, buceo en mi memoria tratando de rescatar un detalle, una palabra, un gesto que justifiquen lo que ocurrió, que me permitan entenderlo, encontrar una explicación .
Inútilmente porque sé que no hay razones, que en realidad nunca las hubo. Y entonces, admitiendo que el bálsamo de una justificación jamás calmará mis heridas, me repito una y mil veces:
“Maite, no vuelvas la vista atrás, la vida está delante de ti”
Intento recordar a José tal como era cuando nos conocimos: un hombre entregado a convertir mi vida en algo maravilloso . Y descubro, con asombro, que esa capacidad suya para volverme loca en estos últimos años y la que desplegaba entonces para hacerme subir al cielo son una misma cosa.
A José le conocí porque frecuentábamos el mismo circulo de amigos, y él era uno de esos chicos en los que te fijas desde el primer instante: alto ,fuerte, simpático, listo ,cariñoso ,divertido…
Uno de esos hombres a cuya imagen nos remiten los sueños alimentados desde la infancia por los cuentos de doncellas y príncipes azules, o por esas películas en cuyo plano final los protagonistas se juran amor eterno bajo un cielo cuajado de estrellas. Cuando a los 18 años me hice novia de José yo también creía en ese amor romántico, indestructible y total; y aún creía en él cuando, dos años después nos casamos prometiendo amarnos en la salud y en la enfermedad , en la riqueza y en la pobreza, hasta que la muerte nos separase…
Cómo me cuesta ahora pensar que hubo un tiempo en que fuimos felices. Pero lo fuimos. Inmensamente. José era en aquellos primeros tiempos de nuestro matrimonio un marido maravilloso y atento que me enviaba flores con cualquier excusa, que me invitaba a cenar fuera de casa casi todas las noches, que me llamaba por teléfono a todas horas: “mi amor,¿Qué tal estás? Te recojo cuando termines, comemos juntos…” yo estaba locamente enamorada, y nuestra relación intima era maravillosa. puede que suene cursi, o ñoño, o anticuado, pero él lo era todo para mí.
Durante dos años viví en una nube. Cuando alguien me pide que describía cómo éramos en aquel entonces, sólo se me ocurre una frase: Éramos una pareja inmensamente enamorada. Feliz.
¿qué mas podía pedirle a la vida? Teníamos salud, una relación amorosa tremendamente gratificante y una buena situación económica. El dinero no da la felicidad, lo sé, pero ayuda para que todo resulte más fácil. José dirigía sus propias empresas, y la buena marcha de sus negocios nos permitía mantener un nivel de vida muy alto. A pesar de eso, mi afán de independencia me hizo continuar empleada en una compañía inglesa dedicada a la venta de software; un trabajo interesante, creativo y bien remunerado que me permitía no depender económicamente de José.
Meses después, sin embargo, le dejé al quedarme embarazada. Sin sospechar que mi existencia pluscuamperfecto se acercaba a su fin, que mi historia de amor, tejida de besos, de flores, de palabras tiernas, de recuerdos compartidos iba a desembocar en una súbita pesadilla de silencios.
Un día, durante el quinto mes de embarazo, José dejo de hablarme. Así, de la noche a la mañana. Dejó de hacerme caso. “ estará enfadado por algo, o cansado, o de mal humor…” pensé al principio. Pero los días fueron transcurriendo y su actitud conmigo seguía siendo la misma. Si nos cruzábamos en una habitación, su mirada parecía atravesarme, como si yo fuese un fantasma. Si le preguntaba : “¿Qué te pasa?” El respondía : “déjame en paz, no me preguntes, no me hables”. yo pedía sólo una palabra, una frase una clave que me permitiesen descifrar el enigma, pero el me las negaba. La nada invadía poco a poco mis días, que se iban sucediendo sin cambios y sin respuestas.
Las semanas transcurrían y yo no acababa de creerme lo que estaba ocurriendo. Estoy segura de que a ninguna mujer le resultará difícil comprenderme. ¿cómo aceptar que de pronto tu marido, el hombre al que más quieres en el mundo, el que más te gusta, no te hace el menor caso? Y te ves embarazada y con un hombre al lado al que empiezas a tener la impresión de no conocer, que no te habla, que no te mira, que no te desea, que no te… Nada. Que desaparece de casa por la mañana y no regresa hasta la noche, cuando tú ya estas dormida. No estaba preparada para algo así. Pero ¿acaso debería estarlo?
Poco tiempo después la falta de dinero vino a complicar aún mas mi situación. Por primera vez en mi vida me encontré con unos recursos muy limitados. Los 1000 euros que cobraba del INEM se convirtieron en el único ingreso del que disponía, ya que José me canceló las tarjetas de crédito y el acceso a las cuentas bancarias que teníamos en común. No volví a tener en las manos ni un solo euro del dinero que él ingresaba. Y a la humillación de sus silencios añadió la de hacer patente en todo momento que nada estaba bajo mi control, ni siquiera algo tan sencillo y tan al alcance de cualquier ama de casa como hacer la compra: él me obligaba a hacerla a través de su secretaria, a quien yo tenia que llamar por teléfono para darle la lista de lo que hacia falta en la casa .
En mas de una ocasión me encontré sin dinero para coger un autobús para volver a casa. Tampoco podía comprarme ropa, pero lo cierto es que tenía en el armario suficiente como para poder pasar mucho tiempo sin necesidad de hacerlo; aunque sí me encontré en algún momento sin medias y sin dinero para comprarme unas nuevas.
A pesar de que yo siempre había tenido dinero, tanto cuando vivía en casa de mis padres como después de mi matrimonio, el hecho de verme de pronto sin el no era lo peor. Lo eran esos días interminables en los que cuando yo me despertaba, el ya no estaba a mi lado, y mi primer pensamiento era “¿ que voy hacer?”
Echaba tanto de menos a José, me faltaba tanto, lo deseaba tanto, me sentía sola, tan perdida… me resulta difícil desentrañar la maraña de sentimientos, tristes , angustiosos , desesperados, que brotaban de mi interior; me despertaba un día y otro con la sensación de que tenia ante mi veinticuatro largas horas, un interminable túnel de color de la desesperanza. Yo , que siempre me he tenido por una mujer sólida , decidida , apenas conseguía reunir las fuerzas necesarias para compadecerme de mi misma. “¡que pena, dios mío!-pensaba-¿Qué va a ser de mi? Y el llanto como única respuesta. Un llanto estéril e inagotable. Entonces no me di cuenta, pero años después he sido consciente de haber llorado de la mañana a la noche durante dos meses. Sesenta y un días. Mil cuatrocientas sesenta y cuatro horas de llanto. Son muchas lágrimas…
Recluida en los limites de mi propio dolor, apenas pude disfrutar del embarazo. Había decidido que mi hija nacería en el lugar donde yo nací, donde residía mi familia, una vez allí, visite al tocólogo que me atendería en el parto.
En agosto , justo a tiempo para estar presente en el nacimiento de nuestra hija, José se reunió conmigo. Tan sólo una semana después regresaba a Madrid. Me abandonaba.
Hasta ese momento yo no le había contado a nadie lo que estaba ocurriendo con mi relación de pareja, con mi vida. Pero a mi madre no pude ocultárselo por más tiempo, y ella me dijo: “aguanta”. le hice caso: aguanté tres largos años en los que las humillaciones sucedieron a los silencios.
En octubre, cuando empezaron las clases de mi hija, Alejandra, volví con la niña a Madrid; ese fue el momento en que dejé de compartir con José el dormitorio de matrimonio y me instalé sola en otro cuarto de la casa. Si había dejado de ser amigo, mi amante, mi compañero, ¿qué sentido tenía que compartiésemos la misma cama? Nuestros horarios, como nuestros sentimientos desde meses atrás, no volvieron a encontrarse.
Ninguna de las personas a las que conocí a partir de entonces llegó a conocerlo. Nunca volvimos a ir juntos a ningún sitio. Cuando llegaba el día de mi cumpleaños, yo invitaba a merendar en casa a mis amigas, que se iban antes de que él regresase.
Los fines de semana me marchaba con mi hija a casa de alguien, al campo, a alguna finca… no me gustaba ir sola, pero resultaba menos doloroso que estar a pocos metros de José sufriendo sus continuos desprecios.
A pesar de todo, por aquel entonces yo estaba todavía que la situación acabaría por arreglarse. No soy de las que tiran la toalla fácilmente y aún me esforzaba por intentar recomponer nuestra relación.
Al principio me costaba inventar mentiras que justificasen su ausencia a mi lado; más tarde , cuando la gente me preguntaba por él , yo recitaba mecánicamente alguna de las excusas que siempre tenía a punto : “ está de viaje, ha ido a una reunión , tiene un partido de squash….” cualquier cosa antes que reconocer que mi marido ya no me quería saber nada de mi.
Cuando llegaba el verano, mi madre sí preguntaba por qué no iba José al pueblo. Y yo seguía hilvanado excusas. Las pocas ocasiones en que fue a pasar allí tres o cuatro días, me hizo pasar por las humillaciones de alojarse en la habitación de invitados en lugar de compartir mi habitación. Parecía como si quisieran jactarse ante los demás de lo poco que yo significaba ya para él .
Poco a poco empecé a asumir que las cosas no cambiarían ; y también que yo no podía seguir así. La incertidumbre del desamparo dio paso a la certeza de que debía reconducir mi vida. Y buscar de nuevo trabajo era el primer paso para conseguirlo. 4 meses después del nacimiento de mi hija Elizabet, cuando deje de darle el pecho, empecé a hacerlo; pero todo lo que encontraba eran trabajos eventuales o empleos que no me parecían lo suficientemente sólidos como para permitirme tomar la determinación de marcharme de casa. Tampoco podía recurrir a mis padres y pedirles que nos mantuvieran; mi sentido de la dignidad y de la independencia me lo impedían.
Al cabo de meses, conseguí un buen trabajo como representante de una empresa china de plásticos en España y Portugal. En ese momento tomé la decisión de separarme de José.
Puedo recordar el momento en que se lo dije como si hubiese ocurrido esta misma tarde. Acababa de desayunar, iba camino del vestíbulo y me crucé con José en el pasillo. “ahora” pensé , “díselo ahora, Maite.” Si buceo en mis recuerdos me veo a mí misma sacando valor no sé de dónde y diciendo: “José, quiero que nos separemos, voy a presentar los papeles, podríamos hacerlo de mutuo acuerdo…” y lo veo a él , tan alto, tan grande, enfrente de mí , descompuesto, enloquecido. Y oigo sus palabras, más bien gritos, “¿separarnos? ¡ni hablar! ¿ que te has creído?”
Es asombroso: hasta ese instante, y desde hacía ya muchos meses, yo no existía para él ; a partir de entonces, se convirtió en mi sombra. Una sombra que me gritaba y me insultaba delante de todo el mundo, a todas horas, de la forma más denigrante, que llamaba a mis amigas para decirles que yo iba a quitarles a sus maridos; a mis padres a mis tíos , para decirles que me estaba portando fatal con él… llegué a tener en mi contra a mi propia familia; todos me decían: “pobrecito, ¿cómo es que quieres dejarle?¿ no te das cuenta de lo que está sufriendo, de lo que te quiere?”y parecían creerme a medias cuando les respondía : “ pero si es un monstruo, sí es lo peor, un ser demoníaco que acabará haciéndome enloquecer”. Palabras vanas. Junto a otras demoledoras: “ no sirves para nada;¿te has mirado en el espejo? Estás fatal, ¿por qué no vas al gimnasio?, ¡ que piltrafa!, estas asquerosa” siempre la palabra asquerosa”. una y otra vez. El espejo me devolvía la imagen de una mujer rubia, alta, delgada, joven, pero a mis oídos resonaban sus palabras: “asquerosa, asquerosa…”a fuerza de no saber si era más yo lo que veía que lo que escuchaba, la imagen que siempre había tenido de mí misma comenzó a quebrarse. Un moratón se cura con el tiempo, desaparece, pero ese desprecio continuo, doloroso como un calvario, machaconamente demoledor no se curaba jamás.
En aquellos momentos, José dejó de ir a su oficina. Yo tenía mi despacho en casa, y él se quedaba allí conmigo. Humillarse me convirtió en su única ocupación, en su mayor entretenimiento. Se sentaba delante de mi y empezaba a desgranar, uno a uno, los insultos mas dañinos en una interminable letanía. No le importaba que las niñas estuviesen delante. El dolor que llegué a sufrir es mucho más fuerte, mucho más lacerante de lo que estas líneas pueden recoger , y la razón de no poder expresarlo con toda su intensidad es que no soporto revivirlo. Me desespera no poder trasladar al papel tantas hora, tantos días, tantos meses de sufrimiento continuo, pero mi memoria ha levantado un muro infranqueable que no me atrevo a derribar por miedo a los fantasmas. Necesito olvidar…
No dejarme dormir se convirtió en otra de las armas de José para ir aniquilando mis fuerzas, las pocas que aún me quedaban. Todas las noches irrumpía en mi cuarto; abría la puerta de una patada y entraba gritando. Pretendía que hablásemos y a veces se quedaba allí durante horas sin dejarme descansar. El día en que me marché definitivamente de nuestra casa, la puerta de ese dormitorio aún tenía el agujero que José había hecho en ella con el pie a fuerza de golpearla una y otra vez.
A veces, en medio de mi desesperación, aún me reía. De mi misma, que en mi ingenuidad todavía me sorprendía repitiéndome: “ Maite, estas cosas ocurren, pero no a ti, no en tu medio social, no a personas con tu formación, no a mujeres como tú”. No entendía nada de lo que estaba viviendo, ni los insultos de José, ni sus vejaciones, ni las barbaridades que tenía que escuchar. De la boca del hombre del que estaba locamente enamorada, de la boca que tantas veces había besado, de aquel hombre en quien confiaba y creía a ciegas, me llegaban aquellas palabras: “eres una hija de puta, una zorra, una mierda ,una descerebrada…” y al principio, hasta que se enciende en tu cabeza esa luz salvadora que e hace defenderte, llegas a pensar: “ a lo mejor soy todo eso; a lo mejor soy así…”.
A pesar de que intento no recordarlas, hay imágenes que a veces surgen inesperadamente en mi cabeza. Recuerdos que me asaltan a traición escenas como esa en la que estoy con mi hija pequeña en casa de la vecina, y de pronto veo irrumpir a José que acaba de romper de una patada la puerta de la cancela del jardín. O esa otra en la que aparece inesperadamente en mi despacho y destroza, lleno de furia, enloquecido , mis facturas, mis documentos, mi ordenador…
Hago repaso ahora y pienso que nadie puede aguantar mucho tiempo en esas condiciones, pero yo aguanté. Hasta que un día de marzo, mi hija Alejandra , al volver del colegio, me dijo, llorando, “mama, por favor, vámonos de aquí, no puedo más”. aquella tarde descubrí que, desde hacia casi dos semanas, José , cada vez que la llevaba al colegio, iba diciéndole: “tu madre es una puta, tu madre es una zorra asquerosa”. la niña se había callado hasta ese momento, pero ya no aguató más. Y yo sufrí , no ya por el maltrato que vivía, sino por el hecho de adivinar lo que debían de estar padeciendo mis hijas al ver a su madre constantemente humillada, vejada, anulada, despreciada…
Aquel mismo día, José se presentó en casa a las seis de la tarde y montó una bronca terrible: me dijo que nuestra hija, le había visto el culo del vecino encima de mí. Me lo gritó en la cocina, delante de la muchacha de servicio y de las niñas. Me lo gritó en la cocina, delante de la muchacha de servicio y de las niñas. Y decía eso de una niña de 3 años que nunca había visto a sus padres juntos en la misma cama, que no había visto nuca a una persona desnuda. Me escupió aquello a la cara, y se marchó. “estás loco…” mientras me maltrató a mí, me aguanté. Con muchas otras mujeres que dicen: “voy aguantar; cómo me voy a ir, capearé el temporal como pueda”. pero cuando mis hijas entraron en su sucio juego fui incapaz de soportarlo. Ese día , a la una de la madrugada , puse la primera denuncia .
Después volví a casa a recoger a mi hija, guardé algo de ropa en una bolsa de viaje y nos marchamos a casa de la madre de mi primer novio, con quien siempre he mantenido muy buena relación. Alejandra se quedo en casa de su padre. Temía las posibles represalias de su padre, y pensé que sería mejor que la niña siguiese viviendo con él hasta la ratificación legal de nuestra separación.
A pesar de no dormir ya allí , yo iba a diario a la que había sido hasta ese momento mi casa. Por las mañanas recogía a la niña para acompañarla al colegio y la llevaba de nuevo a casa al terminar las clases. José no tardó en descubrir donde nos alojábamos la niña pequeña y yo, y siguió persiguiéndonos. Yo empezaba a tener la sensación de que ni el tiempo ni la distancia iban a permitirme recuperar mi libertad.. Él se encargaba de recordarme día tras día que seguía siendo su prisionera. Aporreaba la puerta de la vivienda, me insultaba desde la calle, gritaba a los vecinos y les decía que como podía estar allí una zorra semejante, insultaba a mi ex suegra, a mis cuñadas, a mis cuñados, a la niña, a todo el que aparecía por allí…
Tampoco mi vida laboral se libraba de su acoso constante: empezó a llamar a mis clientes, a mi jefe, para decirle que yo era una vaga, que debía despedirme… teléfono por teléfono, llamo a todas mis amigas para contarles que el era un pobre desgraciado a quien yo había tratado fatal.
Todo continuo igual hasta que tuve la inmensa suerte- paradojas de la vida- de que él me denunciase, un mes después de mi marcha , por abandono de hogar… de hogar, ¡ que ironía! En el lugar donde interpuso la denuncia, conocí a la persona a la que debo poder vivir ahora en paz, la inspectora del cuerpo superior de policía. En su despacho me preguntó que había ocurrido, se lo conté, ella me escucho sin interrumpirme. Era la primera vez que reconstruía la pesadilla que todavía me perseguía, y no pude evitar empezar a llorar. La inspectora hizo todo lo que esperas que la policía haga por ti. Junto a ella me sentí, por vez primera, protegida.
Lo que José no sospechaba en esos momentos es que, si su denuncia por abandono de hogar no iba a surtir efecto, si lo haría la que yo le puse unos días después por agresión. Aquella mañana fui a llevar a la mayor al colegio donde estudiaba, y me encontré con él en la entrada. Cuando estaba bajando a la pequeña del coche vi que José venia deprisa hacia nosotras, y aunque cogí a la niña en brazos salí corriendo hacia la puerta del colegio, nos dio alcance. Le dije que llevara él a la niña a clase si eso era lo que quería y me marché hacia el coche , pero en lugar de hacerlo, José la arrastró materialmente hacia el lugar donde yo me encontraba sin dejar de gritarme: “eres una inmadura y una gilipollas,¿por qué no quieres hablar conmigo? Hija de puta, zorra…
Mi hija no dejaba de llorar y de gritar, mientras yo pedía socorro a los padres que estaban en esos momentos en el patio del colegio. Algunos de ellos se acercaron al lugar donde estábamos, y yo aproveche esa circunstancia para arrancar a la pequeña de la mano de su padre; me metí con ella en el coche y eché el seguro. José furioso, dio un puñetazo tal a la ventanilla de mi lado que la hizo estallar. Tuve tiempo de cubrirme la cara con las manos, pero no pudo evitar que se me clavaran muchos de los cristales. Recuerdo que sentí en mi cara y mis manos los picotazos instantes después de oír , aterrorizada , como se hacia añicos la ventanilla. Fue horrible, y lo peor de todo es que mi niña, que tenia tres años, estaba ahí viéndolo todo. Muchos meses después aun seguía diciendo: “ mama, papa es malo, ha roto el cristal…”
Me curaron las heridas en un consultorio de la seguridad social cercano , y me dirigí a la comisaría. En esta ocasión, la denuncia la puse yo. Por agresión. Y tendría unas consecuencias para José con las que el no había contado: tras ser detenido, paso mas de veinticuatro horas en un oscuro calabozo de las dependencias policiales, rodeado de chorizos y de yonquis.
En la persecución de José hay un antes y un después de esa detención. No me ha dejado en paz, ha seguido haciéndome cosas horribles, pero a partir de ese día ha medido mas sus acciones.
Al fin y al cabo es un hombre inteligente, y estoy convencida de que hay una línea que no volverá a traspasar. Se que él actuaba en todo momento pensando que tenia enfrente a alguien mas débil que él incapaz de hacerle daño, pero el hecho de descubrir que yo estaba amparada por una autoridad que si era capaz de ponerle freno, que podía recluir en un calabozo a alguien de su nivel socioeconómico sin que le temblase el pulso, le hizo medir mas sus agresiones.
Ha transcurrido tiempo y todavía me siento incapaz de releer las numerosas denuncias contra José que guardo en un archivador. Ni siquiera me atrevo a tocarlas. Aun siento su amenazadora presencia en el papel, en la tinta. Y tengo la certeza de que no podría leer esas denuncias sin llorar de nuevo. Relaciones de hechos extremadamente dolorosos recogidos en un aséptico documento policial: “ denunciante… comparece… manifiesta… solicita la tutela y el amparo judicial…” cuánto me duelen las frases ahí vertidas, como me desgarran.
Tuve que abandonar la casa de mi suegra cansada de que José le hiciera sufrir las consecuencias de su ira : destrozó uno de los espejos retrovisores de su Audi a 4, perforó con un objeto punzante el telefonillo de su casa, la insultó… incansable, prosiguió su acoso en mi nuevo domicilio. Aporreaba la puerta y, si le habría ponía el pie en el quicio para colarse; otras veces me esperaba en el rellano del ascensor… así día tras día, constantemente, viviendo con la sensación de tener que estar escondida, de ocultarme de alguien que siempre acababa por encontrarme.
A todas mis amigas les quemó el timbre: apoyaba el dedo en él, y, como no le abrían la puerta no paraba hasta que el timbre dejaba de sonar. Yo no salía nunca sola a la calle, miraba hacia todos lados; tenia esa sensación que deben de tener los concejales cuando están amenazados por ETA y miran todo el día por encima su hombro para ver a quien tienen detrás.
Si me encontraba en la calle, la bronca estaba asegurada; me zarandeaba, me empujaba, me insultaba me amenazaba; en una ocasión llegó a romperme las mangas de un abrigo. Así un día tras otro. Tenia todo el tiempo del mundo para ocuparlo en perseguirme. Todas las horas del día.
En esta situación de acoso y angustia, la soledad me pesaba.
Seguía llamando a mis clientes para decirles que no se fiasen de mi que era un fraude y que no estaba trabajando para ellos. Cuando pedí una línea de fax, él aviso a telefónica para que anulasen mi solicitud; cuando encargué muebles nuevos para la cocina, él telefoneo a los fabricantes y anuló el encargo… trataba de perjudicarme de mil maneras. Todo el santo día dedicado a sabotearme en todos los frentes: en mi trabajo, con mis amigas, con mis primas, en el colegio de mis hijas…
La sensación de soledad era en ocasiones lo peor de todo. Con mis amigas hablaba de lo que me estaba ocurriendo, pero no mucho. Me daba cuenta de que ellas estaban ya aburridas de esa historia, de que estaban hartas de José, que las llamaba a todas horas, iba a verlas a su casa, se presentaba en el trabajo de sus maridos o de ellas… todo eso a mi me hacia sentirme muy mal, por mis amigas y por mi misma.
Tenia la sensación de que todo mi entorno sufría un acoso real, un acoso de alguien dedicado las veinticuatro horas del día a machacarme directa o indirectamente.
Después de todo lo que he pasado, he llegado a una conclusión: soy una mujer muy fuerte. Solo tuve una crisis seria: en el verano del año 2000. Estaba en el pueblo, en casa de mis padres. Una noche, mi hermana y yo estábamos sentadas en un banco del jardín, mirando las estrellas, y ella, de repente tuvo la infeliz ocurrencia de decir: “pobre José, porque…” se me cayo el alma a los pies. Después de haber conseguido por fin que la gente entendiera todo el horror por el que había pasado, mi única hermana decía eso… en ese momento me puse a llorar como una loca; fue como si volviese a revivir todas esas experiencias terribles de golpe, y durante dos horas lloré sin parar .todo el control que había ejercido sobre mi misma para llevar con dignidad lo que me estaba ocurriendo, la barrera que había levantado para que los sentimientos no aflorasen a destiempo, para que la gente de mi entorno no supiese cuanto estaba sufriendo, se vinieron abajo en un instante.
De repente me sentí relajada y segura, ya no estaba atenazada por el miedo, ya no me resultaba necesario sacar fuerzas de flaqueza para luchar contra mi enemigo y fue entonces cuando afloro por fin todo el sufrimiento acumulado durante los últimos años. Llore tanto que casi no podía respirar. Cuando por fin me clame le conté a mi hermana todo lo que me había ocurrido, todo lo que ese ser perverso y monstruoso me había hecho. Fue una verdadera terapia.
Su detención, ya lo he dicho, cambió muchas cosas. Marcó, por ejemplo, el final de esos terroríficos encuentros en plena calle en los que me zarandeaba y me gritaba a la cara. Miedo no es la palabra mas adecuada para definir lo que yo sentía en esos momentos: era pánico. Ha pasado ya más de un año desde entonces, y mis niñas no se atreven todavía a abrir la puerta de mi casa cuando alguien toca el timbre. Cuando eso ocurre, las tres nos sobresaltamos, aunque luego digamos: “¡ qué tontería, si ya no pasa nada!” suena el teléfono y todavía digo, instintivamente: “no lo cojas, no lo cojas, no lo cojas…!”
Todavía no he podido librarme de esa sensación de acoso permanente. A veces llegábamos al portal con José corriendo detrás de nosotras, nos metíamos en el ascensor y él ponía el pie en la puerta para que no se cerrase. Otras veces íbamos en el coche y, al mirar por el espejo retrovisor, lo veía detrás y lo siguiente es que nos daba un golpazo en el coche. Vivimos miles de situaciones de persecución, tantas que me siento incapaz de enumerarlas.
Ahora está mucho mas tranquilo. El juicio de la separación se celebró el 13 de abril y la sentencia fue dictada el 24 de julio del 2000; ahora José sabe que debe tener mas cuidado. La custodia de nuestras hijas me fueron concedidas a mi, a pesar de que tuve la mala suerte de que me tocó el juzgado , que concede custodias compartidas con mayor facilidad. Aun así, me adjudicaron a mi sola la custodia de mis hijas, ya que desde el momento de la separación vivían conmigo.
Si yo siempre me había considerado una buena madre, en el juzgado tuve que demostrarlo con creces. Me hicieron docenas de tests de personalidad, de inteligencia, de preparación, de aptitud para la maternidad, de relación con los niños; tuve unos veinte encuentros con el psicólogo del juzgado para comprobar mi capacidad como madre, mis aptitudes. Todo resultaba difícil, complicado. Nadie sabe lo duro que fue pasar por todo aquello, ver como dependía de otros el que yo fuese considerada o no capaz de educar a mis hijas, a quienes quiero mas que a nadie en el mundo. Correr el riesgo de no tenerla a mi lado para verla crecer… pero como siempre les digo a mis hijas, la verdad es un arma infalible; yo nunca pretendí hacer creer a nadie que era mejor o peor de lo que soy; sólo quería mostrarme tal como soy, y era evidente que tenía que vivir con mis hijas, pero sin tratar de tergiversar la realidad. Ahora tengo la seguridad de que me han dado la custodia de mis hijas porque realmente la merezco, y me siento muy satisfecha.
Al recapacitar sobre lo ocurrido comprendo que mi primera batalla fue escapar de José , la segunda ganar el juicio; y ahora estoy en la tercera: proteger a mis hijas de su padre, que es un loco y les está haciendo mucho daño. Un día después de haber pasado toda la tarde con él , las niñas me dijeron sonriendo: “ papa te llama zorrita”, y eso es muy esclarecedor respecto al comportamiento de José con sus hijas. Todavía no sé cómo enfrentarme a eso, pero sé que es la siguiente batalla que tengo que ganar. De momento tiene un régimen de visitas muy generosas: las niñas pasan los miércoles con su padre y los fines de semana alternos.
Con José ya no tengo ningún contacto; nos comunicamos únicamente por mensajes a través del teléfono móvil. Ya no nos molesta tanto como antes, pero aun así, casi todos los días ocurre algo. En una ocasión en que yo estaba de viaje en Portugal, me llamó una profesora del colegio para decirme que José había estado esa mañana allí, había insultado al director y a las profesoras y había dicho que iba a sacar a las niñas de ese colegio. Todos los días pasa algo. Quizá no con tanta violencia ni con tanta frecuencia como antes, pero lo suficiente como para que no pueda decir que ya vivo completamente tranquila.
Si estoy narrando esto en estos momentos es para intentar ayudar aquellas mujeres que se encuentren subsumidas en situaciones similares a la mía, pero todavía debo pasar de puntillas sobre los hechos: aún me duele mucho recordar, a pesar de que ya duermo bien, ya descanso, ya he recuperado los diez quilos que perdí….
Pero le puse punto y final a la pesadilla que estaba viviendo.
Me dije “ ya no más, ya no le tengo miedo”. ocurrió de repente. Y creo que a partir de entonces empecé a superarlo todo. No he necesitado tratamiento psicológico y mis hijas tampoco, pero Alejandra se pasó una temporada larga sin poder dormir sola; y la pequeñita también ha estado muy afectada, muy seria, con cambios de humor.
Cuando reflexiono sobre el tema de los malos tratos me da la impresión de que hay muchas mujeres que tienen claro que no deben permitir que les peguen un guantazo, pero no se dan cuenta de que hay miles de situaciones opresivas, de acoso, de humillación, que suponen un terrible maltrato y que dejan huellas mucho más graves que la de una bofetada.
Yo me considero una persona preparada; estudie Derecho, tengo un buen trabajo, medios económicos y miles de salidas y aun así, en un momento determinado me he visto frente a la nada. Imagino cómo se deben sentir las mujeres que ni siquiera cuentan con esos recursos.
Para terminar, querría hacer llegar un mensaje a todas las mujeres que están pasando por lo que yo he pasado, y especialmente a aquellas que ni siquiera se sientan maltratadas a pesar de las humillaciones, los insultos y los desprecios. Quisiera decirles que deben ser conscientes de que las palizas no son la única expresión de maltrato; que las heridas del alma, a veces, son más difíciles de curar que las del cuerpo; que existen una raya que separa lo que es aceptable de lo que no lo es.
Y que no deben permitir, nunca y en ningún caso, que el hombre que está a su lado la cruce.
Increible relato, me ha encantado, es leerlo y sentirte como si estuviera pasando esas cosas tan terribles.
ResponderEliminarPequeña, para que yo este 30 minutos leyendo, es porque es muy bueno, y tenia que leerlo, a veces cuando lees realtos asi entiendes mas las cosas que pasan en la vida, y a las personas que quieres.
un besazo enorme.
La Real Academia define la palabra imposible como algo que no tiene facultad ni medios para llegar a ser o suceder, y define improbable como algo imberosímil que no se funda en una razón prudente. Puestos a escoger a mi me gusta más la improbabilidad que la imposibilidad, como a todo el mundo supongo. La improbabilidad duele menos y deja un resquicio a la esperanza, a la épica. El amor, las relaciones, los sentimientos, no se fundan en una razón prudente, por eso no me gusta hablar de amores imposibles sino de amores improbables. Por que lo improbable es, por definición, probable. lo que es casi seguro que no pase es que puede pasar, y, mientras halla una posibilidad, media posibilidad entre mil millones de que pase, vale la pena intentarlo
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